Estado del Tiempo
ciudad de Córdoba


Viva Córdoba
Córdoba que se enamora
y que escribe en las paredes
Córdoba que se nos cae
Córdoba que se levanta
viva Córdoba
Córdoba que se la aguanta.


Jerónimo Luis de Cabrera



Provincia de Córdoba


Cancionero II
Caballero de ley (vals criollo)

Calle 9 de Julio esquina Rivera Indarte,
corazón elegante de mi docta ciudad
donde late la vida al compás de los gritos
de un lustrín y los versos del cieguito cantor. [ Ver más ]





Una respuesta que merodea el retorno a Córdoba.

Después de haber leído el “Pequeño Manual de Abuelos a la antigua” de Nilda Merino, me invadió esa nostalgia que llega cuando los recuerdos nos emocionan, se imponen sobre la realidad actual y -por qué no- nos hacen derramar lágrimas endulzadas por un sentimiento que aflora de muy adentro

Doña Manuelita Montoya era mi abuela materna.
Vivió toda su larga vida en San Marcos Sierras, en la provincia de Córdoba.
Actualmente, el pueblo tiene en su centro urbano no más de 500 habitantes estables.
La capilla tiene en el frente la inscripción: “1734”, que indica que fue construida dos años después de la fundación (1732). Al finalizar las clases, mi madre me llevaba allí “a pasar las vacaciones”.

La gente del lugar se enteraba que yo había llegado porque una de mis primeras acciones era interrumpir, con una compuerta, el curso de la acequia que pasaba por la tierra de mi abuela y que se usaba para el riego.
Entonces, yo me bañaba a la sombra de las plantas llenas de granadas que crecían al costado. “¡Ya llegó el porteño, el nieto de doña Manuelita!”, eran las palabras que se transmitían los sanmarqueños de “más atrás”, para tener que “aguantar” una hora sin agua.

Mi abuela me miraba sonriendo, sentada en su silla de paja frente al telar rústico que con sus manos huesudas y largas movía constantemente para hacer colchas y ponchos que aún conservo y que están “como nuevos”.
Llegaban turistas -que sabían de su habilidad- para comprar sus trabajos y exhibirlos en sus casas como trofeos de una verdadera artesanía.

Vestía siempre de negro, con su vestido largo hasta los pies y alto hasta cubrir su garganta.
Era altísima, de acuerdo con mi estatura de pibe de diez u once años, delgada y bien oscura su cara (Una vez , sin querer, la vi sin su vestido, con una camisa que descubría sus brazos y su cara.
Entonces, me di cuenta que era blanca.
El sol había hecho su trabajo de años). Mis tías y mis primas vivían en una casa sin lujos pero confortable, en cambio yo, con mi abuela y uno de mis primos de mi misma edad, dormíamos en otra, con paredes de adobe y piso de tierra que barríamos por la mañana con ramas de jarilla.
A veces, cuando hacía mucho calor, los tres sacábamos nuestros catres afuera, charlábamos de nuestras andanzas del día y dormíamos a la luz de la luna.

Aún hoy, después de más de 60 años, vivo esos momentos como si hubieran transcurrido ayer.

Para comer en “días especiales” sacrificaba algún cabrito de los muchos que tenía. Algo que me causaba mucha pena, ya que mi primo y yo éramos los encargados de soltarlos en las sierras que nos rodeaban y buscarlos por la tarde para traerlos al corral.
Lógicamente, como los conocíamos a todos, no queríamos elegir al que nos iba a alimentar.

También nos mandaba a comprar uvas a una quinta que quedaba “ahí nomás, a una legua”, según ella.
Para nosotros era casi como ir hasta Capilla del Monte, a varios kilómetros. Entonces, nos “desquitábamos” comiéndolas mientras volvíamos, por lo que al llegar sólo quedaba el papel del envoltorio. ¡Qué tiempos lindos aquellos!
Pensar que hoy San Marcos tiene: “microclima ideal”, y los turistas hacen treaking, mountain bike, safaris fotográficos y espeleología (¿Turismo minero?).

Como soy bastante sentimental (probablemente por la edad), nunca más volví a San Marcos para “ver” nuevamente reflejada mi niñez. Ir a la Quebrada, con sus aguas cristalinas que bajan de las sierras a bañarme con mis primos, levantar piedritas brillantes en las canteras de cuarzo para traer a Buenos Aires, subir las sierras cubiertas de quebrachos colorados, algarrobos y mistoles, y comprobar que “la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra”.

Quizás algún día me anime. No lo sé.
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Patricia dijo...

Hermosos recuerdos los tuyos. Yo naci en San marcos y vivi mi infancia y adolescencia alli. hermoso lugar para crecer y ver crecer a los hijos , mis padres murieron hace poco , en el pueblo , pero cada vez que puedo ( lamentablemente menos de lo que quisiera) vuelvo. El pueblo ha cambiado mucho, pero en los dias tranquilos fuera de la epoca de vacaciones y fines de semana largos , es el mismo pueblito de antes , con mas casas y mas comercios pero con el encanto de siempre.

23 octubre 2012 20:37


Daniel dijo...

Muy bueno tu recuerdo! Viví dos años en San Marcos, y realmente cada vez que puedo visito a la gente amiga. Como imaginarás, ha cambiado mucho, y más aún desde la época en que acostumbrabas ir de vacaciones; pero te aseguro que aún conserva ese aire pintoresco y las calles de tierra. Te sugiero que si te animás a volver (tenés que hacerlo, andá con alguien para que puedas contarle sobre tus recuerdos a cada paso) tratá de que sea fuera de la temporada turística. En Julio, Enero, Febrero, o Pascuas no son épocas favorables para alguien que quiera caminar tranquilo por la Quebrada, o los callejones, dejando que el paisaje y los recuerdos lo abracen. Un gran abrazo, Daniel.


07 abril 2011 09:52

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