Estado del Tiempo
ciudad de Córdoba


Viva Córdoba
Córdoba que se enamora
y que escribe en las paredes
Córdoba que se nos cae
Córdoba que se levanta
viva Córdoba
Córdoba que se la aguanta.


Jerónimo Luis de Cabrera



Provincia de Córdoba


Cancionero II
Caballero de ley (vals criollo)

Calle 9 de Julio esquina Rivera Indarte,
corazón elegante de mi docta ciudad
donde late la vida al compás de los gritos
de un lustrín y los versos del cieguito cantor. [ Ver más ]





"Una de misterio"
por David Picolomini (desde Bell Ville)

Verán ustedes.

No debe hacer muchos años atrás, acertó a instalarse en la ciudad, una joven parejita de profesionales que llegó buscando hacer sus primeras armas, cada uno en su respectiva actividad.

Hospitalaria como siempre, Bell Ville, muy pronto los integró plenamente a sus costumbres cotidianas, atendiendo, claro, al nicho social que los debía albergar.

Ya, desde su llegada, al muchacho, le había impresionado muy favorablemente la particular conformación de las instalaciones del Club de Golf de la Sociedad Italiana local, con su paisaje simétricamente combinado entre lo agreste y autóctono de la flora circundante y el cuidado diseño de su campo de golf, muy apropiado terreno para los amantes del “deporte de los reyes”.

Poco tiempo bastó para que, la prometedora pareja, obtuviera un lugar de relevancia entre la grey que durante los encantadores fines de semana otoñales, paseaba su prosperidad por los green del confortable club societario.

Simpáticos, joviales, frescos, modernos y contagiosos, los tórtolos, cautivaron por igual a la selecta minoría que expandía sus afinidades mucho más allá de las yardas, los pares, los putters y las champas.

No había reunión casual que no los tuviera como animadores predilectos. Sus enormes ganas de vivir y la exuberante necesidad de compartir su gozo, los hacía irreemplazables hasta lo desmedido. Quedaba bien el invitarlos, quedaba bien el confiar confesiones con ellos, ser parte de su risa.

Mientras, el handicap del mozuelo, crecía hasta el tope de las pizarras de la institución. Su dominio del juego e identificación con el trazado de los hoyos, comenzaba a ser elemento habitual del departir en los vermouth.

Era setiembre, probablemente muy cercana la fecha a la tradicional fiesta del día del estudiante, celebración cuya versión bellvillense supo trascender fronteras más allá de lo increíble. El colorido y amabilidad de los días, preanunciaban el cabal presagio de una primavera como pocas. Por las noches, daba gusto escuchar el tránsito de los trenes a la distancia.

El caddy presuroso, profesional, ya había alcanzado el palo justo para esa parte del terreno, justo a la salida de los árboles bajos, ya a cielo abierto, pero, con la cautela y la muñeca previsora atenta a evitar que la bola fuera a dar a las aguas vecinas. Al río.

Confiado, sabiéndose a muy pocos golpes del líder -avezado player que cargaba con la romana de ser el que podía, a veces, recorrer 18 hoyos con los ojos vendados- El brillante principiante no dudó en saludar alborozado al distinguir la grácil figura de su amada, entre la asistencia bajo el reparo de las instalaciones del club.

De pronto, el error en la concentración, el swing fallido, quizá un mal grip o un finish defectuoso. Lo cierto es que la blanca esfera viajó lejos, equivocada.

Todo lo demás, un preciso flash imprevisible, instintivo, desenfrenado. El golfista, sin atender reflexiones, se precipitó mudo por detrás del rumbo estelar de la pelota. La siguió hasta el río.

Casi a los saltos, descendió barranca abajo, sin perder de vista el preciso lugar donde se acababa de hundir la esquiva bola. Todo ello, sin prever la resbaladiza consistencia de la arcillosa tierra a la vera del Tercero.

Perdió pie, no alcanzó -el joven y aventajado profesional- a asirse de las matas y ramas inmediatas. Por más que lo intentara no pudo evitar el verse caer al río, a las oscuras aguas del torrente de llanura, las que no volvieron a dejar ver a su agradable figura.

Casi de manera simultánea, un infrahumano grito escoltó el hundimiento del cuerpo del malogrado. Su joven compañera, su amante complemento, había presenciado el fatal instante en que éste desapareciera cauce abajo.

No lo pensó, ni meditó; solo siguió su carrera y se abalanzó hacia la corriente en procura de su mitad arrebatada. No volvió a salir tampoco.

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El incidente, pronto fue olvidándose por esas cosas que ocurren en los pueblos. Otras cuestiones, otras distracciones, cambios de políticas y hasta el advenimiento de nuevas modas y placeres, fueron dejando de lado la evocación de los amados desgraciados.

Otros émulos de De Vicenzo o del “Gato” Romero, fueron acercándose poco a poco a los links locales, sin preguntar tanto por su historia. Hoy, precisamente, en el mismo Club de Golf de aquellos años, ya se habla de otras cosas.

Nadie cree a pies juntillas las versiones encontradas que señalan que, todavía, allí mismo, en las madrugadas de estío o de “encantadores fines de semana otoñales”, cuando la espesa neblina se va tornando en velo blanquecino sobre los cuidados pastizales, parecería como que, dos ligeras y bien configuradas presencias, pasean tomadas de la mano, a setenta u ochenta centímetros del suelo, aproximadamente.

Eso cuentan.





Comentarios: Enviar Comentarios

Mabel dijo...

David, leer tus bellos relatos, con tanto conocimiento sobre la historia y las anécdotas de mi querida Bell Ville, me da un inmenso placer...muchas gracias !!
27 agosto 2011 17:59


Liria dijo...

Qué hermosa y triste historia, qué excelente su relato en la escritura, felicitaciones!
08 agosto 2011 02:07

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